9.09.2008

the suctes

Línea A. El tren parece de cartón. Baila de un lado al otro, las puertas hacen ruidos diferentes, parece que hablan. Sentada frente al otro. No sé qué mirar. La parejita contentamente detestable de la estación en la que me subí ya se fue de mi alcance. Y el chico que está parado ahí es lindo. Me mira, pero no tengo humor para el jueguito de miradas, pequeño detalle: es sábado a la mañana y estoy yendo a trabajar. Pasar por Once siempre me da miedo:el túnel es enorme y hay vagones y vagones estacionados. Ésta oscuro y mi mente recorre todo el catálogo de monstruos habidos y por haber que, por supuesto, viven ahí y ansían atacarme. Wow! Pasco y Alberti son uno y al mismo tiempo son dos. Me angustia no poder bajarme en Alberti cuando voy a Plaza de Mayo y viceversa. ¡Hola Lima! ¡Chau Línea A! Y ahí se fue la parte vintage del recorrido.
El túnel que me lleva a la Línea C es loco. Me obliga a prometerme ir con una cámara alguna vez y reflejar todo lo que esas dos paredes, ese piso, ese techo y esos.. ¿50? ¿40 mts? tienen para decir. Es blanco y con mosaiquitos. A la derecha hay gente dibujada, tal como la que pasa por el túnel, hablando (supuestamente algunas cosas son graciosas). A la izquierda, franjas deformes de colores, me encantan. Él último toque lo da la luz: tubos blancos. La gente camina recto, en dirección A o B, las únicas dos opciones. No existe el Zig Zag: no hay tiempo para eso. Y no me acuerdo de los trenes de la C, sólo sé que me perdí cuando bajé.
Línea D. No me esperaba otra cosa: me sentí dentro de una computadora. Esas formas no reflejan al humano. Pero me pareció confortable: había caído en la trampa. Tribunales se erguía sobre mí y subí a la superficie. Hasta dentro de 4 horas, AMIGO SUCTE.

No sabía que me tenía que tomar. Pero estaba frente a los molinetes de Tribunales nuevamente, mirando mi reflejo en un local de lencería cerrado. Tomé una decisión arbitraria: no sabía a dónde tenía que llegar, pero iba a ir en subte. El D me invitó a su nave espacial y acepté. Una estación nada más, no me quería acostumbrar al lujo.
La línea C y 10 turistas en ojotas (creo que tenían mi lema: si hay sol, salgamos en bolas, qué importan los 10º C) me esperaban. Y devuelta en Lima pasé por el túnel blanco y decidí que escribiría ésto como sea. Como testimonio, como anécdota, como canción, como novela policial o encubierta en una historia de amor (me cuesta imaginarme sola en una situación ideal, yo prefiero la compañía de una amiga o de mi príncipe azul -con capa y todo,claro-). Con tinta, sangre o moco. Sobre cemento, papel o madera. Como sea, quedó claro.
La línea A se burló de mi cuando tardé en abrir yo las puertas para salir, después de presentarme a su pintoresco señor con silbato, con su sonidito melódico en cada estación. Pobres mis oídos.
Amo el sol y el paisaje de Buenos Aires. Amo los colectivos y las ventanas de los autos. La ciudad es hermosa y hace con uno lo que quiere, mientras uno hace lo que quiere con ella. Pero bajo la superficie existe otraparte de la ciudad, que la hace aún mejor. Y está al alcance de un subtepass.Donde, en un futuro, mi cara los va a saludar.

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